En esta serie de entregas nos centraremos en un mineral que abunda de manera muy interesante en la comunidad valenciana. El sulfuro de hierro más conocido como Pirita de hierro tiene una presencia casi total en cualquier rincón de nuestra tierra; tanto es así que es de los pocos minerales que han calado en el acerbo cultural y en algunas localidades se la conoce como Pendientes de marquesa, lágrimas de reina, "estreletes"... El sinfín de nombres locales hacen referencia a este mineral que no deja indiferente a nadie y en cuanto asoma por algún desmonte o talud llama la atención de los habitantes. Nos centraremos en esta entrada en los museos que podemos visitar para observar de primera mano ejemplares notorios y que nada tienen que envidiar a los famosos cubos de Navajún o Soria.
Principalmente en estos tres museos es dónde podemos encontrar piritas de la Comunitat Valenciana de manera comprobada y contrastada pues, entre otros ejemplares, Espeleomina cedió ejemplares para su fondo museístico.
Cuando uno se acerca a una vitrina con un mineral como la pirita pueden suceder dos cosas, la primera es incredulidad, resulta casi incomprensible como la naturaleza haya generado semejante perfección geométrica, luego el brillo, el lustre metálico que hace de inmediato pensar en la mejor y más perfecta forma del acero cromado o dorado. De nuevo la naturaleza se no posiciona como la mejor maestra y tenemos que descubrirnos ante ella. Si quisieramos realizar un pentadodecaedro con cualquiera de las técnicas actuales jamás conseguiríamos semejante nivel de perfección. Las moléculas de azufre y hierro cristalizan en el mineral de manera perfecta y aunque existan sistemas de corte mal llamado molecular, nunca conseguirán el nivel de perfección que le otorga la génesis del mineral.
Realmente picar piritas en algun afloramiento tiene algo de adictivo, descubrir el mineral recién sacado de la roca y ver esos ángulos perfectos, esos brillos prístinos que deslumbran de manera sorprendente. Uno se para a pensar en los cientos de miles de ejemplares que se habrán destruido y calcinado en los hornos de las diferentes industrias y al empaquetar los cristales en la mochila se marcha a casa un poco más tranquilo al saber que al menos un poco de esa belleza ha sido rescatada.

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